19 de agosto de 2016

Remigio y su enamorada





Remigio era un paisano muy simpático, conocido en el pago por sus bromas y ocurrencias. Él estaba de novio con Azucena y tenían secretos amoríos en los maizales donde se declararon amor eterno.

Al parecer, Azucena era una muchacha muy querendona y tenía una punta de admiradores, pero Remigio era su novio oficial y ella quería casarse con él.
Remigio se hacía el desentendido.

—¿Y, Azucena, para cuándo los confites? —apuraba la paisanada.
—Ja Ja Ja, ¿Azu-cena o Azu-almuerzo? —bromeó Remigio.

Un día, Azucena tomó el toro por las astas y lo encaró.

¿Querés saber qué se dijeron?

“Remigio, ya estoy desconfiando /  y veo que vos me estás farreando, /  te juro, si fuera puro cuento / lo del casamiento no vuelvo al maizal. / Remigio, no me andís bolaseando, / decime si te sigo gustando. / Remigio pa´casarnos prontito / aura mesmito comprame el colchón.
 Así que no volvés al maizal? 
Si no hay casamiento, no 
Querés casorio aura también? 
Claro, pretendientes tengo…
— Como!, tenís pretendientes? 
Claro….. Remigio vos tenés que comprender / que yo de piola no m´e vua´quedar, / porque me arrastra el ala don Daniel, / porque me sigue siempre ´ño Julián, / me espera siempre el Tape en el jaguel, / me encuentra en tuitas partes Barragán, / y vos sabés que floja fuí / cuando aquel beso allá en el maizal”. 
 
 
En recuerdo de Coca y Alex, dos personas entrañables. Y también dedicado a Claudia y Roxana, dos amigas de la vida. 




Fuente del texto de la ranchera:

http://www.nuevoslibros.com.ar/Letras-Tango-R/t-7475/REMIGIO-(RANCHERA).htm

17 de mayo de 2016

La caza del centauro



Los amigos estaban en una reunión muy divertida charlando, comiendo y demás. De pronto, de un golpe se abre la puerta y entra un hombre disfrazado de caballo o al revés.
—¡¿Y esto?! —preguntó Mariana asombrada.
—Pareciera un centauro —contestó Daniel—. ¡¿Estaremos despiertos?! Sí, sí. Soñando no estamos. Es medio extraño todo esto…
El “personaje” arrasó con la comida y no quedó nada.
—Habrá que cazarlo —dijo Alejandra. ¡Ah, no!, ¡no se puede!: los veganos no podemos abusar de animales; además es un potro, ¡miralo bien!
—Entonces, ¿qué hacemos con él? —preguntó Mariana y agregó—: Ya que no podemos cazarlo con z, ¡casémoslo con s!
—Sí, pero dónde vas a conseguir una cent…
—Centáuride —dijo el culto de la reunión.  
—¡Eso, eso! —dijo Mariana—. Casémoslo y que se forme una linda pareja, ¿no?—. Mirá, pensándolo bien, la de al lado es una yegua, por ahí le viene bien —Mariana le tocó la puerta a la vecina y le dijo—: Estamos de reunión. Apareció un potro que ni te imaginás, ¿querés venir?  —Y la vecina enseguida se prendió.
Cuando llegó a lo de Mariana vio a un espécimen.
—Yo soy Centauro —le dijo con una voz de macho impresionante.
—Yo no soy como vos —le dijo Jacqueline, la vecina—, pero soy de tauro. Si te viene bien…
—¡Sí, sí, me encanta cazar toros!
—Me parece que acá hay un error. Yo no vine a que me caces, vine a casarme con vos.
El centauro se quedó un instante en silencio y luego dijo:
—ACEPTO
Jacquelín asintió. Y así fue como la cacería se transformó en casorio.


         Para Mariela, Cari, Claudio. ¡Ah!, ¡y para mí también!

2 de mayo de 2016

Lluvia de arroz




Iba caminando por la calle, el día era radiante. De pronto, pasé por una esquina y comenzó a caer del cielo algo raro. No era una lluvia común; en realidad, llovía arroz. ¡Claro!, salían novios del registro civil y los empapaban con arroz y pétalos de flores. Alguno me salpicó.
Me quedé parada para ver salir a los novios.
Ella, radiante; y él, muy buen mozo. Entonces me sorprendí de que yo los conocía de otra época. Me les acerqué y nos reconocimos inmediatamente. La alegría de encontrarnos en una circunstancia así se acrecentó y nos dimos un abrazo muy fuerte. Realmente me emocioné. No quise retenerlos mucho tiempo porque había gente que los quería saludar. El encuentro me conmovió.
Seguí caminando y pensé:

—Las esquinas son una sorpresa y uno las toma como algo tan cotidiano. Una pareja uniendo su amor a la vuelta de la esquina… como Verónica y Carlos a quienes les deseo que sean muy felices y que sigamos encontrándonos enhorabuena. 


11 de enero de 2016

El Vesubio




Los primeros helados que recuerdo haber probado son los de Piriápolis. Con mi familia veraneábamos allá. En las tardes calurosas íbamos con los gurises a la heladería. Había dos: El Vesubio y El Faro. Nosotros íbamos a El Vesubio. Cada uno elegía los gustos que quería, pero había un tema de no menor importancia que decidir: vasito o cucurucho. Y, de pronto, se escuchaba corear: “¡cucurucho!, ¡cucurucho!...” y así fue. Para el pueblo lo que es del pueblo. Los cucuruchos parecían tener más cantidad de helado y ser más populares que los vasitos. Entonces la mayoría de la gente los elegía.

Nosotros teníamos en “la barra” un amigo, Gustavo, al que lo llamábamos CUCURUCHO porque era muy alto y flaco. Gustavo partió hace poco. Cada vez que lo evoque me aparecerá ese sabor exquisito de los helados de El Vesubio.


Mi recuerdo para él y un abrazo a su familia. Con amor, Flavia. 

12 de junio de 2015

GLADYS

Gladys

Un grupo de amigos de la Facultad se fue a pasear a Barcelona. En realidad, se habían ido por un intercambio de la facu, pero aprovechaban, entra examen y examen, para conocer y disfrutar lindos lugares.

            Como era la primera vez que iban, todo era nuevo para ellos. Y, después de visitar los lugares clásicos, fueron a la Oficina de Turismo para que les recomendaran algún buen guía que los llevara a esos rincones a los que no van los turistas, esos que se descubren medio sin querer.

            El empleado de la oficina les dijo: 

            “Miren, muchachos, nosotros la tenemos a Gladys que es una genia. Los va a llevar por todos lados y, a la hora que quieran, está disponible. Solamente la tienen que cuidar mucho. Gladys conoce palmo a palmo, los lugares que ustedes quieren recorrer”. 

           Los amigos, intrigados, se miraron entre ellos. “¿Qué tendrá esta tal Gladys que es tan famosa en la oficina?” Uno pensó: “Por ahí es medio tímida, y nosotros que somos varios…”

“No se preocupe”, le dijo Maxi, “la vamos a cuidar muy bien”. “¿Y cuánto cobra Gladys?”, preguntó Iván. 

“No es barata, pero es accesible”, le contestó el empleado. 

“¿Y tenemos que pagar todo de antemano?”, preguntó Nahuel. 

“Ustedes me dejan una seña y al final me saldan el resto”.  

Los muchachos estaban realmente excitados. 

“¿Quieren conocer a Gladys?”, preguntó el hombre. 

“Síiiiii”, dijeron a coro. 

“Un momentito, ya la llamó”, comentó el empleado que notaba la ansiedad en los chicos. “¡González!”, gritó y le dijo a un vendedor algo al oído.  

De pronto, los chicos se vieron ante una hermosa casa rodante de marca Grammys:

 “Nosotros la llamamos Gladys”, dijo el vendedor, “¿¡que la disfruten!!”.


Para mi sobrino Martín y sus amigos que están teniendo una experiencia inolvidable!!!!

24 de abril de 2015

El camión de los miércoles





Marcela se resistía a toda costa a comprarse una computadora. Se arreglaba con el ciber de la vuelta. Pasaba una vez por día a revisar los mails, y listo. En sus ratos libros, Marcela escribía cuentos; por el momento los hacía en borrador. Varias personas le preguntaron por qué no los publicaba y de pronto tuvo el deseo de hacerlo, pero eso sí, si iba a publicar un libro, necesitaba indefectiblemente una computadora en su casa.
            Una vez que lo aceptó y lo asumió, se le presentó una serie de interrogantes. No quería ir sola. Le pidió a un amigo que la acompañara y juntos fueron a La casa de Claudio para ver distintas opciones y decidir mejor. Allí encontró un abanico inmenso de posibilidades, desde las más sencillas y económicas hasta las más sofisticadas.
            ¿Cuál le convenía? He aquí el quid de la cuestión. ¿Cómo sabés que no es trucha? Intuición, confianza, buena suerte (Mario, su amigo, tenía bastante experiencia). A Marcela le fallaba la confianza. Ella lo escuchaba a Mario. Miraron una cantidad de computadoras, Marcela se mareó y, en una de esas, su amigo le comentó: “Esta te conviene, es bastante sencilla y a buen precio y, si la comprás al contado, te hacen descuento. Tiene garantía por seis meses”. Marcela, al principio, dudó, pero finalmente se decidió a llevarla.
            Ese lunes le dieron un ticket y le dijeron que se la entregarían a partir de los dos días hábiles posteriores a la compra. Marcela salió de La casa de Claudio muy entusiasmada, pero con algo de desconfianza todavía.
            Le propuso a Mario que fueran a tomar algo, para brindar por la flamante compra, y así lo hicieron. El miércoles siguiente, a media mañana, llegó la compu a su casa (ella la bautizó con el nombre de Emilio para bajar las últimas resistencias que le quedaban).
            Le recomendaron un buen técnico que se la instaló y así comenzó la aventura.
            Sencilla y de buen precio. ¿Y cómo sabés que no es trucha? Intuición, confianza y experiencia. La de Mario. Ella, un cero al as. Emilio se la bancó una semana y un buen día se descompuso. Marcela la hizo revisar y no hubo duda: la CPU no funcionaba.
             Entonces llamó a La casa de Claudio para quejarse, le dijeron que había un camión los días miércoles, que las iba a buscar al domicilio y las devolvía el miércoles siguiente. Pero ese día era jueves y no había nada que hacer. “Si quiere acérquela usted hasta el local”, le dijeron, “la guardamos en el depósito hasta el miércoles que viene, la revisa y se la devolvemos”. Marcela no sabía qué hacer. De todos modos, tendría que esperar. Volvió a llamar a La casa de Claudio: cada empleado le decía algo distinto. Finalmente, decidió llevarla ella misma en vez de esperar al camión de los miércoles.
            Se subió a un taxi, ella y la CPU y se dirigió hacia donde la había comprado. Le dieron un ticket para asegurar que la máquina estaría en el depósito hasta el miércoles en que llegaría el camión y la llevaría a reparar. Mientras tanto, como antes, el ciber.
           El miércoles siguiente hubo paro, entonces el camión no pasó. Hubo que esperar hasta el miércoles próximo y rezar. Durante el tiempo de espera, Marcela llamaba a La casa de Claudio y se peleaba con todo el mundo, pero no le servía de nada. Después del paro, Marcela fue al negocio, llevó el ticket del depósito, pero, como era de esperar, le faltaba un papel y nadie se hacía cargo: la única esperanza era el camión de los miércoles.
             A la semana siguiente le dijeron que había mandado la CPU a reparación y que tenía que esperar una semana más. El miércoles siguiente fue feriado y, como era de esperar, el camión no pasó.
             Marcela ya estaba verde de bronca y en La casa de Claudio, de lo más tranquilos. “Señora, el próximo miércoles va a venir el camión con la CPU reparada”, esa era la respuesta. Conclusión: esperar y rezar.
             La semana entrante volvió la CPU sin arreglo. Faltaba una pieza que no se conseguía y había que esperar un miércoles más. Llegó el día: le dijeron que la CPU estaba reparada y se la llevarían al domicilio algo así como a las dieciséis horas. Llegaron a las diecisiete treinta, le entregaron la máquina y esta, otra vez, no funcionaba.
            Marcela se tomó unos minutos para relajarse y rezar antes de matar a alguien. Volvió a llamar a La casa de Claudio para ver si le podían cambiar la CPU, pero esto no dependía de los empleados, sino del personal jerárquico. “Llame al interno 181 y ahí le van a contestar”. Existía una posibilidad de que le cambiaran la CPU, pero en esto también estaba involucrado el camión de los miércoles. Ese día era viernes, venía el fin de semana y dos días más. A esta altura, qué le hace una mancha más al tigre.
             El martes a la tarde la llamaron de La casa de Claudio para decirle que el miércoles al mediodía iba a recibir en su domicilio una CPU nueva: ella no lo podía creer, pero milagrosamente, al día siguiente, día miércoles, el camión le acercó la máquina nueva. La instalaron en su departamento y funcionó.
            Al fin y al cabo, ese, ¿fue un día de miércoles? ¿Vos qué pensás?


Para Diego, el técnico de mi compu.  


20 de febrero de 2015

La sirena del barco


Susana se recostó, cerró los ojos, comenzó a respirar profundo y se entregó a los gratos sonidos de los cuencos. De pronto sintió la sirena de un barco y una imagen se desplegó ante ella. La vio a Alicia esperando a su amor, Eduardo, que había viajado hacía quince años a Europa por temas familiares y su retorno se demoró más de los previsto.
                El barco se acercaba cada vez más a la costa y Alicia se preguntaba si se reconocerían, si él estaría muy cambiado, si continuaría siendo su mismo amor; en fin, innumerables preguntas…
                Susana continuaba con sus respiraciones en un estado de sopor, no sabía bien si estaba despierta o quizás soñando.
                De pronto, un silencio muy profundo. Susana se incorporó emocionada: los pasajeros estaban desembarcando y Alicia buscaba a su amor.  




Dedicado a Los cuencos tibetanos que me inspiran historias mientras los escucho. 

23 de enero de 2015

Un puente entre las dos
















Alejandra solía ir a menudo a un café artístico donde se juntaba todo tipo de gente creativa: músicos, artistas plásticos, escritores… Allí solía encontrar inspiración para sus cuentos.
            Aquél día se sentó a una mesa algo alejada y comenzó a escribir. Estaba muy concentrada cuando, de pronto, se sintió envuelta por un sonido mágico. Era una flauta traversa. En un intervalo, pudo ver a la flautista charlando animadamente con una artista plástica que le enseñaba su obra.
Alejandra tuvo el deseo de acercárseles para intercambiar unas palabras con ellas. Internamente tenía la sensación de que las conocía de otra época. Cuando estuvo algo más cerca, pudo reconocerlas: a Kattya, la fautista y a Gala, la pintora. ¡Cuál fue su sorpresa y su emoción cuando se dio cuenta de que habían sido dos maestras de su infancia! Lo que más la emocionó fue verlas juntas como grandes amigas.
Por un momento se sintió un puente entre las dos. Corrió hacia ellas como la niña que fue entonces y éstas inmediatamente la reconocieron: “Alejandra, ¡qué sorpresa encontrarte acá después de tantos años!”, le dijo Gala. “Tenés la misma sonrisa que cuando eras chiquita”, agregó. Y Kattya le miró las manos y la reconoció inmediatamente.
Alejandra las abrazó y se emocionó. “¡Qué maravilla verlas juntas! ¡Hermosos recuerdos de mi infancia! Las vi de lejos y las quise saludar, dejé mi escritura a un costado y, cuando las vi más de cerca, las reconocí. ¡Qué hermoso reencuentro! Creo que voy a terminar escribiendo otro cuento y se lo voy a dedicar a ustedes”.

Para Ketty y Ángela, dos grandes Maestras. 

5 de enero de 2015

María y el ángel, un cuento de Navidad

María y el ángel, un cuento de Navidad

Pocos días atrás, Laura se recibió de profesora de yoga. Hacía tres meses que se había mudado a un departamento en el séptimo piso, el último (“como el séptimo chakra”, pensó). En realidad, el edificio tenía un piso más arriba al que se accedía por escalera. “Esta es ya es una energía superior”, se dijo. A medida que iba conociendo a sus vecinos y los pisos en que vivían, ellas los iba relacionando con los distintos chakras a modo de juego. Todavía no conocía a los vecinos del octavo. Todo lo que sabía era que vivía una señora mayor con su hija. Así le había comentado la encargada.
Un día se cruzó por la escalera con la señora y se saludaron con una sonrisa. Esa noche Laura tuvo un sueño interesante. La vio a María y a un ángel junto a ella. “Buen sueño para la época de Navidad”, pensó.
Unos días después, bajó con las vecinas en el ascensor. Cuando les preguntó el nombre, la señora mayor le dijo: “Yo me llamo Ángela, pero me dicen Angelita. Y mi hija, María”. “Evidentemente mis vecinas tienen una energía muy especial”, pensó. “Yo me llamo Laura, encantada, y vivo en el séptimo chakra”, agregó distraída.



Para María y Angelita, mis super-vecinas. Muchas felicidades en este 2015 que está comenzando. 

Para contarlo


Para contarlo

Era uno de los últimos días del año y el banco estaba repleto. Los clientes no hacían más que quejarse y protestar. Un poco más que de costumbre. Las filas avanzaban muy despacio, pero había una que no se movía. Justo la que le había tocado a don Anselmo. Él estaba ansioso por cobrar su jubilación y su medio aguinaldo, pero ya hacía tres cuartos de hora que estaba parado con su bastón y su paciencia, y nada. Todavía faltaban tres personas antes que él. Con disimulo espió al empleado de la caja tres y lo vio muy concentrado contando dinero por lo bajo. Desde lejos parecía que estaba rezando. Contaba y contaba innumerables billetes. Quién los tuviera, pensó don Anselmo. Mientras el cajero contaba billetes una señora mayor parada al lado de él no dejaba de hablarle. Y lo distraía. Pero el cajero contaba y escuchaba atentamente o, mejor dicho, los dos contaban algo. Vaya a saber qué historia interesante o quizás tan solo un jugoso chisme.
Don Anselmo volvió a acercarse y escuchó algo como “se recibió mi nieta y le hicieron una hermosa fiesta. No faltó nada. Ella estaba radiante…”. En tanto, el cajero con sus manos contaba dinero y con los oídos escuchaba la historia de la mujer. Don Anselmo todavía con bastón, pero ya sin paciencia se acercó al guardia del banco quejándose por la demora: que no puede ser, que es una vergüenza, que los cajeros demoran mucho, etcétera, etcétera.
El guardia se acercó a la caja y vio al empleado que seguía contando billetes y a la mujer que no paraba de hablar. Él también pescó al vuelo algo de una graduación.
Cuando don Anselmo se le acercó a preguntarle qué pasaba, el guardia le dijo: “no se preocupe, la fiesta ya está terminando. La mujer es medio chusma y, usted sabe, el dinero y el chisme se hicieron para contarlos”.

¡Felicitaciones, Agustina, que cuentes muchas satisfacciones y billetes también!”. Un beso grande, Flavia.

5 de diciembre de 2014

Entre las dos






Tomás, con sus tres años recién cumplidos, llegó un día del jardín con la cara medio sucia y le dijo a su mamá: “Me voy a lavar la cara solito”. La mamá le sonrió.
Entró al baño, se acercó a la pileta y, como no llegaba, agarró un banquito para estar más alto. Abrió la canilla y se lavó con una mano, pero no tuvo suerte. Probó con la otra y tampoco lo logró. Entonces llamó a su mamá para que le lavara la cara. La madre le dijo que  él lo podía hacer solo. Tomás le preguntó cómo. “Vos lo vas a descubrir, probá”. Tomás pensó y pensó y, de pronto, se le ocurrió lavar una mano con la otra y las dos juntas llevarlas a la cara y lavarla bien. ¡La satisfacción que tuvo cuando lo logró! Pegó un grito de alegría y se  lo contó a su mamá que se puso muy contenta: “¿Viste?, le dijo, “y lo descubriste vos solo. Te felicito”.
Pequeños grandes logros. Una mano lava la otra y entre las dos lavan la cara.

¡Gracias, Maricel e Inés, por la mano que me dieron! Y muchas felicidades para el año que se aproxima. Flavia

12 de septiembre de 2014

La casa nueva

Su mamá se había mudado hacía poco y Aurora, pequeña todavía, buscaba su rincón en la casa nueva. Cajas. Cajones. Libros. Utensilios de cocina. Ropa. Estaba todo por acomodarse. Por suerte, Dina contaba con Luisa para que la ayudase en sus tareas domésticas. Pero un día Luisa se enfermó y no pudo ir. Entonces le mandó a Robi, medio aparato, pero lo suyo lo hacía bastante bien.
Lo cómico del caso es que Aurora, a pesar de su corta edad, también quería dar órdenes. Así que se dirigió a Robi, lo miró seriamente y éste, sin mediar palabra, comenzó a funcionar, como un robot. Aurora dio un maullido de sorpresa y Dina le sacó una foto.
La casa había quedado impecable.


Para mi amiga Diana y su gatita Minga con mucho cariño. 

Juntos

Fiorella se encontraba muy triste, había sufrido una gran pérdida hacía poco y decidió ir a la iglesia y rezar una misa en recuerdo de su padre para sentir, por lo menos, un poco de paz. Cuál fue su sorpresa y su alegría cuando entró a la iglesia de La Medalla Milagrosa y presenció el casamiento de una pareja de viejitos de alrededor de ochenta y cinco años justo cuando el padre les pedía su consentimiento. Y ellos dijeron a coro: “Sí, acepto”.
En ese instante alguien le cantó a Fiorella al oído: “Solo el amor consigue encender lo muerto”. Y ella aceptó. Aceptó que la tristeza y la alegría vienen juntas y que el límite entre ellas es casi imperceptible. Igual que el horizonte en un día de mucha niebla.
Entonces se dio cuenta de que las lágrimas de desconsuelo con las que había entrado se transformaron en emoción y en alegría y que el recuerdo viene del corazón y el amor también.


Para mi amiga Gabriela con mucho cariño.

17 de junio de 2014

Origen de la expresión Merde

Antiguamente la gente iba al teatro en coches tirados por caballos. Y como los caballos hacían lo suyo, que en los accesos del teatro hubiese una gran cantidad de m e r d e, eso significaba que la sala estaba llena, pues habían sido muchos los carruajes que hasta allí se habían acercado y se habían detenido para dejar bajar a sus pasajeros. 

¿Cuál es el origen de la expresión ‘meter la pata’?

Es muy común utilizar la expresión ‘meter la pata’ para referirnos a un fallo o torpeza cometida inoportuna y/o equivocadamente por alguien.
Muchos son los que apuntan que la ‘pata’, a la que se refiere el dicho, no es otra que  la extremidad (pierna) de un animal y que la expresión está directamente relacionada con el acto en el que éste mete la pata (cae) en una trampa colocada por un cazador y queda apresado.
Pero también nos encontramos con otros argumentos que le dan a la expresión un origen y significado totalmente diferente al anterior y que toman como referencia al mismísimo demonio.
El porqué lo encontramos en el hecho de que son muchas las localidades españolas en las que se utilizaba popularmente (y aún se sigue haciendo, aunque en menor medida) la palabra ‘Pateta’para referirse al diablo.
Esto hace que nos encontremos con otro dicho muy utilizado antiguamente, y prácticamente en desuso, que era ‘Mentar a Pateta’ (nombrar al diablo),  lo cual ha llevado a algunos expertos a señalar que muy probablemente se trate de la misma expresión que, habiendo sufrido una lógica transformación a lo largo de los años debido al boca a boca y popularización en el lenguaje cotidiano, ha cambiado el original ‘mentar’ por ‘meter’ y a ‘Pateta’ por la ya mencionada ‘pata’.
Sí hacemos caso a este origen como el adecuado para la expresión (evidentemente como jerga de la cultura popular), nos encontramos que cuando ‘metemos la pata’ en algo (o sea, cometemos una torpeza inoportuna) ésta no es más que una travesura realizada por el mismo diablo, quien se está inmiscuyéndose en nuestros asuntos.

6 de mayo de 2014

Tirar manteca al techo

Sabias de donde proviene el dicho: tirar manteca al techo?

En la década de 1920 se expandieron por Buenos Aires grupos de “pitucos” o “niños bien”, jóvenes de la alta sociedad que mataban su aburrimiento en los cabarets de moda. Al llegar la madrugada, luego de la cena, y sobre todo de unas cuantas botellas de champaña, solían entretenerse arrojando pancitos de manteca apoyados previamente en el extremo de algún cubierto, que hacía las veces de catapulta. Ganaba quien dejaba más cuadraditos de manteca pegados en el cielo raso. Desde entonces, “tirar manteca al techo” equivale a juerga y despilfarro.

5 de junio de 2013

Lo natural



Ese domingo a la tarde tomaba mate distraído; miraba a través de la ventana cómo crecían mis plantitas y hacía mentalmente la lista de las tareas pendientes: trasplantar el malvón, podar la ligustrina, sacar los yuyos del rosal.
De pronto vi que algo se movía en el teclado de la computadora. Me acerqué lentamente y vi una pequeña araña trepando las teclas. ¡¿Qué hacés acá vos?! ¿Acaso te volviste cibernética?
Tomé un papel y con mucho cuidado subí a la araña y la llevé al jardín. En realidad, ESE era su lugar, lo NATURAL y no lo virtual. Ahí es donde tenés que tender tus redes.
Y así fue que rescaté a la arañita que enfilaba para la compu y la dejé en el romero.

Para Mariel G., una amiga a la que también le gustan las palabras.

24 de abril de 2013

Origen de la palabra "Anfitrión"

En la mitología griega, Anfitrión era el marido de Alcmena, madre de Hércules. 
Mientras Anfitrión estaba en la guerra de Tebas, Zeus tomó su forma para acostarse con su esposa. 

El embarazo provocó un alboroto porque Anfitrión dudó de la fidelidad de su esposa, pero al aclararse la situación Anfitrión se puso contento por que un Dios haya elegido a su esposa y lo alentó a que volviera cuando quisiese.
De aquella noche de amor nació el semidios Hércules. 
A partir de allí, el termino "anfitrión" pasó a tener el sentido de: "aquel que recibe en su casa y comparte lo suyo".