Los amigos estaban en una
reunión muy divertida charlando, comiendo y demás. De pronto, de un golpe se
abre la puerta y entra un hombre disfrazado de caballo o al revés.
—¡¿Y
esto?! —preguntó Mariana asombrada.
—Pareciera
un centauro —contestó Daniel—. ¡¿Estaremos despiertos?! Sí, sí. Soñando no
estamos. Es medio extraño todo esto…
El “personaje”
arrasó con la comida y no quedó nada.
—Habrá
que cazarlo —dijo Alejandra. ¡Ah, no!, ¡no se puede!: los veganos no podemos
abusar de animales; además es un potro, ¡miralo bien!
—Entonces,
¿qué hacemos con él? —preguntó Mariana y agregó—: Ya que no podemos cazarlo con
z, ¡casémoslo con s!
—Sí,
pero dónde vas a conseguir una cent…
—Centáuride
—dijo el culto de la reunión.
—¡Eso,
eso! —dijo Mariana—. Casémoslo y que se forme una linda pareja, ¿no?—. Mirá,
pensándolo bien, la de al lado es una yegua, por ahí le viene bien —Mariana le
tocó la puerta a la vecina y le dijo—: Estamos de reunión. Apareció un potro
que ni te imaginás, ¿querés venir? —Y la
vecina enseguida se prendió.
Cuando
llegó a lo de Mariana vio a un espécimen.
—Yo
soy Centauro —le dijo con una voz de macho impresionante.
—Yo
no soy como vos —le dijo Jacqueline, la vecina—, pero soy de tauro. Si te viene
bien…
—¡Sí,
sí, me encanta cazar toros!
—Me
parece que acá hay un error. Yo no vine a que me caces, vine a casarme con vos.
El
centauro se quedó un instante en silencio y luego dijo:
—ACEPTO
Jacquelín
asintió. Y así fue como la cacería se transformó en casorio.
Para Mariela, Cari, Claudio. ¡Ah!, ¡y para mí también!